Día sexto del mes de mayo del año 1085. Tras casi cuatrocientos años en poder del islam, Toledo vuelve a ser la ciudad cristiana que era antes de la invasión del 711, aunque la frontera es aún muy inestable y no se puede bajar la guardia.
Los ríos se convierten en defensas naturales y urge convertir el Tormes en un sólido bastión. Hay que repoblar, constituir concejos, construir puentes, erigir templos y crear una sociedad ambivalente, ganadera y guerrera. Las villas de Ledesma, Salamanca y Alba serán las puntas de lanza del reino de León…
Alfonso VII de León fue coronado como Imperator totius Hispaniae en el año 1135, ya que, a mayores, reinaba en Asturias, Galicia, Zamora, Salamanca, Castilla y Toledo. Además, contaba con el vasallaje de otros reyes cristianos y musulmanes de la península ibérica, con el de los condes catalanes Ramón Berenguer IV de Barcelona y Ermengol VI de Urgell y con el de los condes occitanos de Comminges, Foix y Montpellier.
El Emperador concedió a Alba de Tormes el 4 de julio de 1140 un fuero, el compendio de normas jurídicas, derechos y privilegios que habrían de regir la vida de la villa realenga y las aldeas y tierras dependientes de la misma, que con el tiempo alcanzarían por el norte la población de Ventosa del Río Almar, por el este la de Alaraz, por el sur la de Horcajo Medianero y por el oeste la de Beleña.
La articulación del territorio albense en tiempos de Alfonso VII se completaría con la construcción de la abadía de San Leonardo, perteneciente a la Orden Premonstratense, cuyos miembros han sido popularmente conocidos como los Norbertinos por el nombre de su fundador, Norberto de Xanten, o como los canónigos blancos, dado el color de su hábito.
Se sabe que el fuero se perdió, aunque se desconoce en qué circunstancias. Lo que sí está documentado es que en el año 1281 el concejo de Alba envió dos representantes, Ramón de Remondina y Diego Sancho, a Sevilla, donde tenía en ese momento su corte el rey Alfonso X. Su misión, culminada con éxito, era suplicarle al monarca de Castilla y de León que autorizara con su sello personal una copia literal del manuscrito extraviado.
Alba de Tormes dejó definitivamente de ser villa realenga gobernada por el concejo, el juez y el tenente del rey en el siglo XV, cuando fue convertida en 1429 en señorío, en 1439 en condado y finalmente en ducado en 1469.
El rey Alfonso VII de León recibe a un miembro del concejo de Alba. Están presentes su esposa, Berenguela de Barcelona, sus dos herederos, Sancho y Fernando, y el noble catalán Ponce Giraldo de Cabrera.
A su muerte en 1157, el Emperador repartió sus vastos dominios entre dos de los hijos que había tenido con Berenguela de Barcelona, su primera esposa. El mayor reinaría como Sancho III de Castilla y el menor como Fernando II de León. Sancho murió transcurridos apenas doce meses desde su proclamación, así que el casi recién inaugurado reino pasó a manos de su hijo de tres años, al que conocemos como Alfonso VIII de Castilla. Fernando se pasó toda la vida intentando someter a vasallaje a su sobrino para así poder proclamarse emperador, pero murió en el año 1188 sin conseguirlo. La corona leonesa la heredaría el hijo que tuvo con Urraca de Portugal, un primo carnal del rey de Castilla, al que conocemos como Alfonso IX de León.
Las tensiones entre León y Castilla continuaron durante el reinado de los dos primos homónimos, teniendo ambos como objetivo el control de las poblaciones y castillos fronterizos. La inevitable guerra se desencadenó en el año 1196, alcanzando su culmen en el verano de 1197, cuando tropas aliadas castellano-aragonesas estragaron la villa leonesa de Alba de Tormes, enclavada en una localización muy comprometida, dada su cercanía a las poblaciones de Aldeaseca de la Frontera, Zorita de la Frontera y Horcajo Medianero, en los límites con el territorio castellano.
Fue entonces cuando la reina consorte de Castilla, Leonor Plantagenet, harta de ver la destrucción y el sufrimiento causados por el odio existente entre los dos primos, y parece que más consciente que ellos de la amenaza que suponían los almohades, enseñoreados en Al-Ándalus, propuso casar a su hija mayor, la infanta Berenguela, con el rey de León. Dicho y hecho, ya que el matrimonio se celebró a finales de 1197 en Valladolid. Gracias al mismo llegaría la paz entre los reinos de León y de Castilla, y con ella la reconstrucción de Alba de Tormes, que sería dotada de bellas iglesias y de repobladores para todas las aldeas de su alfoz.
Tropas aliadas castellano-aragonesas, que han cruzado la frontera por Paradinas de San Juan, entran en combate con tropas leonesas en la parte alta de la villa de Alba de Tormes, en el entorno de la iglesia de Santiago, en el verano de 1197.
La forzada separación de Alfonso IX y Berenguela reavivó los conflictos fronterizos entre los reinos de León y de Castilla. Además, el rey leonés entró en guerra con el hermano de su primera esposa, Alfonso II de Portugal, lo que le impidió participar en persona, aunque sí lo hicieron tropas leonesas, en la campaña que condujo a la gran victoria sobre los almohades en las Navas de Tolosa en 1212, que tuvo como protagonistas a los reyes Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra.
Los padres de Berenguela, Alfonso VIII y Leonor Plantagenet, fallecieron en 1214, heredando el reino de Castilla con diez años su hermano Enrique I, que moriría siendo muy joven, en 1217. Berenguela se convirtió así en reina de Castilla, aunque, consciente de que los nobles castellanos no le iban a dejar reinar sin un consorte, cedió inmediatamente la corona a su hijo Fernando. A pesar de ello, ejerció de correinante, haciéndose presente en todos los momentos y documentos importantes del reinado hasta su muerte en 1246.
En el año 1218 Berenguela se las arregló para que el papa reconociera a su hijo Fernando, fruto de un matrimonio anulado, como heredero legítimo del reino de su padre, lo que debió de conseguir otorgando favores, entre ellos el decidido apoyo de la casa real castellana a las órdenes religiosas surgidas a raíz de la predicación y la obra de san Francisco de Asís. Una de éstas era la de las Damianitas, que, con el tiempo, se conocerían como las Clarisas, nombre derivado del de su fundadora, santa Clara de Asís. Otra importante santa franciscana fue Isabel de Hungría, de ahí que en Alba de Tormes todavía exista un convento regido por las madres Isabeles.
Dos frailes premonstratenses que van camino de la abadía de San Leonardo son cordialmente recibidos en el puente por el juez de Alba de Tormes, cargo creado por Alfonso IX de León en 1212 para impartir justicia, recaudar impuestos y portar la enseña de la villa cuando la milicia concejil salía en hueste para atacar y saquear las tierras de Al-Ándalus.
Alfonso IX de León falleció en 1230 sin que estuviera claro quién habría de sucederle en el reino: si sus hijas habidas con Teresa de Portugal, las infantas Sancha y Dulce, o su hijo Fernando, fruto de su matrimonio con Berenguela, que ya era rey de Castilla desde 1217.
Las reinas consortes leonesas Berenguela y Teresa se reunieron en la localidad de Valencia de Don Juan buscando una salida pacífica a la cuestión sucesoria, un pacto entre dos madres, que se plasmó en la Concordia de Benavente, firmada el 11 de diciembre de 1230, que conduciría a que el reino de León y el de Castilla tuvieran un único rey, Fernando III, cuya reina consorte era en ese momento la princesa germana Beatriz de Suabia.
El hijo primogénito de ese matrimonio fue el infante Alfonso, al que, hacia 1240, cuando contaba con veinte años, se le encomendó la tenencia, entre otras, de las localidades de Salamanca, Ciudad Rodrigo y Alba de Tormes, convirtiéndose así en una especie de monarca en prácticas en el reino de León.
El rey Fernando III, la reina madre Berenguela y el infante mayor Alfonso frente a una iglesia que luce un Apostolado. Dos bellos ejemplos de este tipo de conjunto escultórico se pueden admirar en el interior de la iglesia de San Juan en Alba de Tormes y en la fachada de la iglesia de Notre-Dame la Grande en Poitiers, ciudad donde se encontraba la corte de Leonor de Aquitania, la abuela materna de Berenguela.
Tras la muerte de Fernando III en 1252, el infante mayor se convirtió en el rey Alfonso X de Castilla y de León, cuya reina consorte sería Violante de Aragón. Como monarca destacó por su obra cultural, de ahí que se le conozca por el sobrenombre de “el Sabio”, y también por su labor legislativa. Fue el creador del Concejo de la Mesta y un decidido impulsor de la feria de Alba de Tormes, en la que prohibió introducir armas para “evitar reyertas y atropellos” y vender vino que no se hubiera producido en la tierra de Alba, aunque quedaba terminantemente prohibido aumentar su precio aprovechándose de dicho privilegio.
El rey Alfonso X visitando la feria de Alba de Tormes hacia 1270. Luce una capa con leones y castillos dispuestos en cuartelado, una innovación heráldica que surgió cuando su padre, el rey de Castilla desde 1217, llegó a serlo también de León en 1230.
Alfonso X murió en 1284, ascendiendo al trono su hijo segundogénito, Sancho IV, aunque no sin dificultades, ya que su sobrino Alfonso de la Cerda, hijo del primogénito, Fernando de la Cerda, fallecido en 1275, no cejaba en su empeño de reclamar el trono para sí.
En el año 1304, el heredero de Sancho IV, su hijo Fernando IV, concedió a su primo Alfonso de la Cerda, entre muchos otros, los lugares de Alba de Tormes, Valdecorneja y Béjar, que le reportarían sustanciosas rentas con las que podría vivir retirado en el reino de Francia. El pretendiente aguantó unos años conforme con el trato, pero, pasado el tiempo, volvió a reclamar la que consideraba que era su corona. Así las cosas, el rey Fernando IV resolvió arrebatarle lo otorgado ocho años atrás. Alba no abrió sus puertas a las tropas del monarca, así que hubo que cercarla y tomarla al asalto en el mes de mayo de 1312.
Exactamente quinientos años después, en 1812, la villa sufrió otro cerco, esta vez por parte de las tropas de Napoleón, una historia que contamos en nuestro Torreón de las Batallas.
Se conservan cartas dictadas por el rey Fernando IV mientras estaba presente en las operaciones del sitio de Alba de Tormes, por ejemplo, una dirigida al obispo de Cartagena y otra a su tío segundo don Juan Manuel, adelantado del reino de Murcia, ambas fechadas el 10 de mayo de 1312.
El félido que representa al reino de León es un emblema parlante, lo que quiere decir que la propia figura hace referencia al nombre del reino. Apareció por primera vez en monedas acuñadas entre 1126 y 1157, durante el reinado de Alfonso VII. En un principio el león sería pasante, tal como aparece en las monedas y en los signos rodados del Emperador, pero luego se tornaría en rampante para ajustarse a la forma de almendra que tenía el escudo que estaba de moda en el siglo XII. Así, rampante, aparece en el reverso de un sello de cera del concejo de Alba, que acompaña a un documento de 1261 y que muestra en el anverso un puente, dando así cuenta de que la villa leonesa era de realengo y concejil en aquella época.
Es gracias al códice conocido como Tumbo A de Santiago, en el que aparece una representación a caballo del rey Alfonso IX de León, que sabemos que el león era de color púrpura y que estaba colocado sobre un fondo blanco.
El castillo representativo del reino de Castilla es también un emblema parlante; lo comenzó a usar a partir de 1170 el rey Alfonso VIII. Parece ser que el hecho de que se trate de un castillo de oro sobre un fondo rojo tiene que ver con que las armas de su esposa, Leonor Plantagenet, tenían esas tonalidades, las propias de su padre, el rey de Inglaterra, que lucía un leopardo de oro sobre un fondo rojo.
En los reinos de Castilla y de León surgieron en el siglo XIII dos innovaciones heráldicas originales: la bordura y el cuartelado.
La bordura permitió por primera vez dejar constancia de la ascendencia paterna y materna en un solo escudo, algo que parece un precedente de nuestros dos apellidos actuales. Alfonso de Molina, hijo de Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla, usó como escudo el león púrpura sobre fondo blanco de su padre añadiendo una bordura de castillos de oro sobre fondo rojo en recuerdo de su madre.
El cuartelado en cruz de leones y castillos nació como emblema personal del rey Fernando III cuando, a partir de 1230, pasó a ser simultáneamente monarca de Castilla y de León, y era de su uso exclusivo. Los familiares del monarca podían lucir cuartelados, pero éstos debían adoptar variantes que les distinguieran del rey; por ejemplo, cuartelar el escudo en aspa en lugar de hacerlo en cruz.
Alfonso X heredó el cuartelado en cruz de leones y de castillos a la muerte de su padre. Cinco de sus hermanos también tuvieron como armas un cuartelado, pero con variantes:
En cambio, Fadrique de Castilla prefirió emplear el castillo de oro en campo rojo en solitario, del mismo modo que lo había empleado su bisabuelo Alfonso VIII de Castilla.
Con el transcurso del tiempo, muchos nobles irán adoptando como propios algunos de estos emblemas. Esto les servirá para intentar evidenciar su antigüedad o entronque lejano con la familia real. En la gran mayoría de los casos todo será fruto de la invención de nuevos linajes, que van consiguiendo encumbrarse y a la par buscan hacerse pasar por nobleza de viejo cuño. Ésta es probablemente la razón por la que en la iglesia de Santiago el sepulcro del caballero Antón de Ledesma, fallecido en el año 1492, luce un escudo cuartelado en aspa con castillos y leones.
Alfonso VII, rey de León e Imperator totius Hispaniae.
Berenguela de Barcelona, reina consorte de León entre 1128 y 1149.
Reproducción del Fuero de Alba, otorgado por el rey Alfonso VII en 1140 y confirmado por Alfonso X en 1281.
Los reyes de León Alfonso IX y Berenguela son recibidos en Alba de Tormes con regocijo y cantares juglarescos. Esta escena pudo ocurrir en torno al año 1202. ¿Sabrías decir en qué siglo?
La iglesia de Santiago de Alba de Tormes es la primera de la que se tiene noticia documental, apareciendo citada en el fuero de 1140, ya que las reuniones del concejo se celebraban en su pórtico. De esta costumbre nos queda referencia expresa en un documento del Archivo Municipal, datado en 1323 y que dice: «Sepan quantos esta carta vieren commo nos el conçeio de Alva de Tormes, todos enssembla, estando ayuntados a Santiago a campana rrepicada, segunt se suele husar…»